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| La tradición y el futuro periodístico no son incompatibles. |
Por un lado, cada vez hay una mayor demanda por parte de los estudiantes para recibir una formación periodística. Esto hace que cada vez existan más facultades que impartan estos estudios. Pero lo cierto es que en el ámbito laboral cada vez hay menos espacio para el periodista. El sistema mediático, con menos fuerza que en otros tiempos, expulsa a estos profesionales para llenar (o, mejor dicho, rellenar) este espacio con otros contenidos menos costosos. Desde este punto de vista, actualmente es un instrumento del mercado de la comunicación, el cual responde siempre ante unos intereses: obtener el máximo beneficio con el mínimo coste. La información pasa a tener valor en cuanto mercancía, interesando más su grado de atracción frente al de veracidad.
Una metáfora que tradicionalmente se ha utilizado es la del periodista como espejo que reflejaba la realidad. Ahora ese espejo se ha roto y ha sido sustituido por un cristal a través del que mirar. En cuanto a esto, siempre se ha hablado sobre la objetividad que debe perseguir el periodista. ¿Es mejor que el periodista aparente no tener una postura definida sobre el asunto tratado, o que exponga claramente cuál es su punto de vista? Ante este dilema hay algo que parece claro: en cualquier caso, debe diferenciarse entre qué es información y qué es opinión.
Los aspectos tradicionales del periodismo no son incompatibles con los de este porvenir. Aunque la oferta se obstina en proponer contenidos ligeros, y estos son aceptados por gran parte del público, se siguen demandando otros de mayor elaboración que requieren rigor en su tratamiento .
Pese al futuro incierto de la profesión periodística, todavía hay algo que no ha cambiado: es un negocio que se sigue nutriendo del mismo modelo de financiación. Sigue habiendo quien paga porque sus productos aparezcan anunciados junto a la información, y quien sigue pagando por recibirla. Mientras esto siga siendo así, el periodismo seguirá teniendo sentido.

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